Las expectativas suelen ser tan altas como las ambiciones. A menudo nos encontramos diciendo aquello que nos hace lucir bien, en lugar de expresar lo que realmente sentimos. Nos movemos de reunión en reunión, de proyecto en proyecto, llevando una máscara que oculta nuestras verdaderas emociones y pensamientos. Pero ¿qué sucede cuando decidimos ser auténticos y enfrentar esas preguntas silenciosas que aparecen en los momentos de soledad?
No pude olvidar ciertas preguntas formuladas en los pasillos, casi en voz baja. Generalmente venían de los más jóvenes, de pasantes o agentes que recién empezaban: “¿Cómo hacés para mantener todas estas vidas, todos estos clientes, separados en tu mente?”
Probablemente no dije mucho. Podría haber respondido que era fácil, o que solo se trataba de trabajar más duro. Seguramente dije algo que se esperaba escuchar. Algo que sonara bien. Pero no era la verdad. Y tampoco era lo que yo sentía.
Si alguna vez te preguntaste sobre el costo de callar lo importante, probá hablarte frente al espejo. Decite la verdad. Gritate la verdad cuando nadie esté escuchando. ¿Sentís lo que pasa cuando lo hacés?
Recuerdo haber recibido preguntas similares sobre mis emprendimientos, mis proyectos y todo lo que tenía en marcha. Mis respuestas eran casi automáticas: que era fácil, que se trataba de esfuerzo, de constancia. Pero la verdad era mucho más compleja y, muchas veces, incómoda de admitir. Decir la verdad es un acto de valentía. En soledad, nos enfrentamos a nuestras inseguridades y miedos. Puede doler, pero también libera. Nos permite ver con claridad y tomar decisiones más alineadas con lo que realmente necesitamos.
La incertidumbre ocupa un lugar central en nuestras vidas. Siempre lo hizo. El padre de Jerry solía decir que cada problema es una oportunidad de transformación. Que toda crisis es, en realidad, un punto de inflexión.
No puedo dejar de pensar en lo difícil que resulta fluir en medio de la incertidumbre. Sin embargo, incluso en esa oscuridad, aparecen respuestas. A veces no son inmediatas, pero están ahí, esperando ser vistas.
Hoy estamos en un punto de transformación. Y aunque muchas veces lo vivimos como algo amenazante, también puede ser algo para celebrar. Los cambios, cuando se miran con honestidad, traen consigo nuevas posibilidades.
Trabajar duro siempre fue parte de mi identidad. Eso es cierto. Pero no quita que haya postergado aquello que requería verdadero sacrificio.
Dije “más tarde” demasiadas veces. Más tarde leeré libros de verdad. Más tarde visitaré a mi abuela, que tiene cien años. Más tarde veré a esos clientes cuyas carreras ya terminaron, aunque prometí mantener el contacto. Más tarde, más tarde, más tarde.
Decir “más tarde” es fácil. Todos creemos que nuestro trabajo es demasiado importante como para detenernos. Minuto a minuto seguimos avanzando, empujados por la idea de un éxito cada vez mayor. No me malinterpreten: soy un gran fanático del éxito. Pero creo que existe un mejor tipo de éxito.
Uno que no se mida únicamente por logros profesionales, sino también por la calidad de nuestras relaciones y la profundidad de nuestras experiencias personales. Un éxito que no nos obligue a sacrificar lo verdaderamente importante en nombre del progreso constante.
El riesgo de vivir postergando es que ese “más tarde” nunca llegue. Y cuando eso sucede, lo que queda es la sensación de haber dejado pasar momentos que no vuelven.
¿Qué estás posponiendo hoy? ¿Qué sacrificios evitás hacer en nombre de un éxito que, quizás, merezca ser revisado?
Terminamos por hoy…
Aún tengo mucho para decir y si no pierdo el valor de decir lo que pienso, podrás saber de mí en poco tiempo.
e.