¿Siguen ahí? Aún hay mucho para decir.
Un hombre es la suma total de sus experiencias. Y es ahora cuando me interesa dar forma a las experiencias que vendrán.
Durante gran parte de mi vida, funcioné con una lógica clara: dame una meta y la alcanzaré. Ese fue, sin saberlo, mi diseño secreto. Siempre orientado a objetivos, a resultados, a llegar.
Pero en algún punto, alcanzar deja de ser suficiente.
La pregunta ya no es solo qué logramos, sino qué tipo de personas nos estamos convirtiendo en el proceso. Cómo hacemos algo sorprendente y memorable con nuestras vidas. Cómo transformamos este trabajo —en gestos pequeños pero significativos— en una representación más fiel de quienes somos.
Decimos fácilmente que somos nuestro trabajo. Tal vez porque lo ocupa todo. Las horas, la energía, la cabeza. Pero si es más grande que el trabajo, entonces no se trata solo de lo que hacemos, sino de nosotros.
¿Cómo queremos definir nuestras vidas?
¿De modo que, cuando tengamos sesenta, setenta u ochenta años, y estemos hundiéndonos en el piso frío de algún aeropuerto con boletos en el bolsillo, podamos saber que vivimos una vida feliz? ¿Es importante ser personas, y no solo engranajes bien aceitados del comercio profesional? ¿Queremos ser recordados?
Hace poco, el hijo de un cliente me hizo una pregunta simple y brutal: “¿Qué defendés?”
En el recorrido por la vida, cada experiencia nos moldea. Como emprendedores y líderes, ese impacto se amplifica: no solo afecta lo que somos, sino también a quienes nos rodean.
La vida golpea. Y vuelve a golpear. Hasta que aprendemos. El día que entendí que soy la suma total de mis experiencias, pude empezar a prestar más atención a las que estaba eligiendo construir. Siempre estuve orientado a metas y resultados, pero con el tiempo empecé a valorar algo más difícil de medir: el proceso.
Hoy disfruto los picos, los valles y las nubes. Todo forma parte del paisaje.
En casi cualquier conversación con desconocidos aparece la misma pregunta: “¿A qué te dedicás?”
Durante mucho tiempo creí que el trabajo nos define. Hoy pienso distinto. El trabajo no debería ser una jaula, sino una extensión de quienes somos. Una forma de expresar valores, intereses, pasiones. No solo una forma de obtener resultados.
¿Cómo querés que te recuerden?
No se trata de agradar a todos ni de dejar una imagen prolija. Se trata de ser honestos. De preguntarnos qué generamos en los demás: en quienes confían, en quienes nos leen, en quienes nos necesitan, en quienes caminan con nosotros durante un tramo del recorrido.
No quisiera llegar al final sintiendo que solo fui lo que las circunstancias permitieron, sino que me acerqué —con errores y esfuerzo— a lo que realmente quise ser. Eso exige equilibrio. Y también exige acción, aun sabiendo que no es fácil.
¿Qué defendés?
Todavía no tengo una respuesta cerrada. Y quizás no debería tenerla. Con el tiempo, las banderas cambian. Algunas se caen. Otras aparecen. Hoy sigo buscando cuáles son las mías, sabiendo que definir un propósito no garantiza felicidad, pero vivir de espaldas a él sí garantiza vacío.
Hay muchas preguntas en este texto. No hay nadie mirando. No hay testigos ¿Tenemos el coraje de responderlas con honestidad?
Terminamos por hoy.
Aún tengo mucho para decir y si no pierdo el valor de decir lo que pienso, podrás saber de mí en poco tiempo.
e.