Lo Que Pienso Pero No Digo (Parte IV)

Lo Que Pienso Pero No Digo (Parte IV)

¿Qué estoy haciendo? Debo borrar todo esto. Escribiré un poco más, lo guardaré y me voy a la cama.

Así arranca esta nueva parte, en la cual quiero escribir sobre los cambios…

Siguiendo una parte de la declaración de misión de Jerry, dice:

La pregunta es, ¿cómo personalizamos esa máquina? Es una pregunta que ahora debemos hacernos en S.M.I. Propongo que, como el mundo adoptó esos contestadores telefónicos, hablemos con las máquinas. Nos ocupamos del futuro que ya está aquí. Ni siquiera es el futuro, es el ahora, así que hablemos con la Máquina y veamos qué nos dice.

Vamos a aportar alma y carácter a lo que ya existe. Propongo que recreemos todo lo que representamos actualmente.

En algún punto del camino, algo se corre de lugar. No pasa de golpe ni de manera consciente. Empezamos movidos por una inquietud genuina, por ganas de hacer algo bien, por una pasión que no necesitaba validación externa. Pero cuando las cosas empiezan a funcionar, el foco se desplaza. Sin darnos cuenta, dejamos de caminar hacia lo que nos movía y empezamos a proteger lo que logramos.

El éxito no es el problema. Buscarlo no es un error. El desvío aparece cuando el éxito deja de ser consecuencia y pasa a ser objetivo.

Ahí es cuando la energía original se diluye. Seguimos avanzando, pero ya no desde la pasión, sino desde la inercia de sostener la máquina andando. Y en ese movimiento, algo valioso queda en el camino.

Los grandes hacen una cosa en el momento de su mayor éxito. Cambian las reglas del juego. Se lo ponen más difícil. No solo trabajan más duro, sino que trabajan de forma más inteligente. Por eso los grandes atletas, políticos, músicos y filósofos se hicieron más fuertes en lugar de más cansados. Nosotros debemos hacer lo mismo.

Cuando algo funciona, deja rastros y esos rastros se copian rápido. Las fórmulas ganadoras no se pueden ocultar por mucho tiempo. Cuando una manera de hacer las cosas demuestra que sirve, aparecen versiones similares por todos lados. No necesariamente mejores, sino repetidas, más prolijas, más seguras y previsibles. Ahí aparece una tentación silenciosa: quedarse donde ya sabemos ganar.

Pero los que realmente sostienen algo en el tiempo hacen otra cosa. En el punto más alto, cambian las reglas del juego. No para complicarse por capricho, sino porque entienden que repetir lo mismo termina agotando incluso lo que funciona.

Ir por más no es trabajar más, es trabajar distinto, de manera más inteligente. Por eso, algunos se fortalecen en lugar de cansarse. Porque no se limitan a defender la fórmula, sino que vuelven a desafiarla. Se ponen incómodos a propósito, se exigen pensar mejor, no solo hacer más.

Y hay algo más importante todavía, no todo tiene que resolverse de inmediato. No toda pregunta necesita una respuesta urgente. A veces, lo más honesto es admitir que la respuesta todavía está llegando. Ese tiempo de espera es tiempo de preparación.

Esto no es inspiración recortada ni frases sueltas acomodadas para que suenen bien juntas. Lo que aparece acá nace de involucrarse de verdad. De mirar algo que uno ama y atreverse a decir lo que incomoda.

Pensar así no es cómodo, implica riesgo y exposición. Pero solo desde ese lugar tiene sentido hablar de cambios, de reglas nuevas, de revisar lo que hacemos. No desde la distancia ni desde la corrección política, sino desde una relación viva con lo que construimos.

Luego de esta última consideración, sigamos… hoy tengo mucho para decir sobre aquello que pienso

“¿Por qué no gano lo que gana el Atleta Y?”, dijo mi cliente. Y la verdad es obvia para todos menos para el Cliente X. El Atleta Y es una superestrella y tiene más talento. Pero decirle esto al Cliente X sería como pedirle que se convirtiera en el Excliente X. Y así comienza el juego de la adulación, de la palabrería, de hacer todo lo posible por consolar y mimar. Es parte de nuestras vidas y de nuestro trabajo. El juego de la representación.

Hay una pregunta que aparece una y otra vez, disfrazada de reclamo justo: ¿por qué no tengo lo que tiene otro?

No suele venir acompañada de una verdadera disposición a escuchar la respuesta. Porque la respuesta casi siempre implica aceptar límites, diferencias, talento, contexto, decisiones tomadas o no tomadas. Y eso incomoda.

Decir la verdad tiene un costo. No decirla, también.

Entonces aparece el baile, la actuación, la explicación amable. El relato que calma pero no ordena. Se construye una escena donde todos saben que no es del todo cierta, pero la sostienen igual porque conviene.

Al cliente, porque no enfrenta lo que no quiere ver. Al proveedor, porque no pierde el vínculo. Al sistema, porque sigue facturando.

El problema no es el baile en sí. Es cuando el baile se vuelve el negocio. Ahí la relación se vacía. Se multiplican los clientes, las promesas, las excepciones. Se trabaja mucho, se dice poco, se factura, se empujan los números, pero se posterga el impacto real y el costo no aparece en el Excel, aparece más tarde: desgaste, cinismo, pérdida de sentido.

La idea de que más clientes siempre es mejor es una de las mentiras más aceptadas del juego. Menos clientes no es fracaso. Puede ser foco. Puede ser honestidad. Puede ser elegir decir lo que hace falta decir, aunque eso implique que alguien se vaya.

Cuando se baja el volumen del baile, aparece algo más incómodo todavía: la verdad operativa. La verdad que no adula, no promete, no consuela. La que trabaja con lo que hay y no con lo que se fantasea. Y ahí ocurre algo contraintuitivo y es que no se pierde tanto como se cree. Cambia la forma, la calidad, las prioridades. Lo que se deja de ganar en cantidad se recupera en profundidad y en claridad.

Terminamos construyendo relaciones que no necesitan actuación constante para sostenerse.

Olvidarse del baile no es ser duro, requiere responsabilidad en todas las dimensiones y enfocarse no es achicarse.

Las llamadas seguirán llegando a las 2 a. m., pero al otro lado del teléfono a las 2 a. m. habrá alguien que merece tu tiempo, y será un honor para ti compartirlo. Y así será el camino a la grandeza. Un poco difícil al principio. Pero piensa en lo bien que se sentirá despertar por la mañana y saber que, cuando suene el teléfono, no será el Cliente X pidiendo adulación. Será el Cliente K, cuya vida conocemos y compartimos.

No escrcibo esto porque quiera decir algo, sino porque ya no puedo no decirlo. No es vocación literaria. No es inspiración. Es una sensación física: si esto no se pone en palabras, algo se rompe adentro. He perdido la capacidad de mentir… y cuando eso pasa, la corrección deja de importar

Decir algo así es delicado, expone, abre la posibilidad de estar equivocado. Si alguien no está de acuerdo, que lo diga, discutamos el fondo, no la forma.

Ese tipo de conversación casi no existe en los negocios (tampoco en la vida de las personas). No porque falten opiniones, sino porque falta honestidad real, la que acepta el conflicto como parte de cuidar algo importante. La mayor parte del tiempo no creamos nada, sino que administramos, ajustamos números, optimizamos. Nos movemos dentro de sistemas que ya existen; eso está bien… hasta que confundimos gestión con sentido.

Lo que hacemos, impacta y lo que dejamos de hacer, también. No en abstracto, impacta en personas reales, en vidas que se ven afectadas por nuestras acciones y decisiones.

Incluso en un mundo cínico, todavía existe la posibilidad de generar algo distinto. De no limitarse a mover fichas. De asumir que una empresa —como una persona— también puede marcar una diferencia.

Quizás el problema no sea la máquina. Quizás sea el silencio que hacemos para no escuchar lo que nos está pidiendo.

Esto no termina acá. Apenas empieza a volverse imposible seguir igual.

Saludos

e.