Lo Que Pienso Pero No Digo (Parte V)

Lo Que Pienso Pero No Digo (Parte V)

Esta es la última parte de esta serie de artículos.

En una hora más o menos, un USA Today llamará a la puerta, llegarán llamadas telefónicas y ofrecerán todo un nuevo conjunto de distracciones para alejarme del tema central, el tema que hemos tratado toda esta semana

Es sorprendente ver qué tan fácil es corrernos de lo central, de lo que realmente importa. No digo huir, sino correrse. Esquivar. Deslizarse apenas. No hace falta un conflicto grande, ni una crisis. Alcanza con una llamada, un mensaje, una urgencia que no lo es tanto.

Sin darnos cuenta, el tema central queda para después. Lo hablamos por arriba, lo rodeamos, pero rara vez nos quedamos ahí el tiempo suficiente para que incomode de verdad. Tenemos una habilidad extraordinaria para distraernos con cosas que suenan adultas, responsables y necesarias. Y mientras tanto, lo que importa queda suspendido, esperando un momento mejor que casi nunca llega.

No creo que sea falta de tiempo, creo que es falta de presencia. Porque cuando algo toca fibras reales y amenaza con mover estructuras, el sistema reacciona. Aparecen las excusas bien vestidas y nos mantenemos ocupados para no tener que detenernos.

Una vez escuche una frase que me quedo rebotando y que hasta hoy, la tengo muy presente.

¡QUE MIEDO QUE LE TENEMOS A LA PAUSA!

Decimos que estamos pensando el futuro, pero evitamos revisar el pasado con honestidad. Decimos que estamos aprendiendo, pero repetimos patrones, tal vez con más prolijidad.

Pero lo bonito de esta propuesta, creo, es que es solo un pequeño ajuste, un ajuste en nuestra mente. Un cambio de actitud. Un ajuste para poder hablar de las cosas que realmente nos importan

No creo que el problema sea el futuro. Hablamos mucho del futuro, hacemos planes, escenarios, proyecciones, decisiones que “algún día” vamos a tomar mejor. Y mientras tanto, el pasado queda mal entendido y el presente, directamente, mal atendido.

Tal vez no haga falta cambiar de rumbo, creo que lo que hace falta es cambiar la postura mientras caminamos. Un ajuste mínimo pero profundo.

Un cambio de actitud no suena grandilocuente, pero es brutal cuando se lo toma en serio. Implica hacerse cargo, revisar cómo escuchamos, cuánto estamos realmente presentes y de cuánta verdad hay en lo que decimos que nos importa.

No pido que hagamos más, pido que lo hagamos mejor, que nos esforcemos un poco más.

Mejor no es más rápido, no es más rentable y mucho menos cómodo. Cuando digo mejor, me refiero a hacer, siendo más honesto, más responsables y, sobre todo, con empatía.

Es animarse a mirar a las personas —no a los roles— con las que trabajamos (y vivimos). Es dejar de tratar vínculos como recursos y elegir la profundidad cuando el sistema empuja a la cantidad.

Tal vez trabajar menos para lo que no importa sea la forma más directa de volver a comprometernos con lo que sí.

Empezamos con pasión, con ideales, con altos estándares y con el tiempo, todo eso termina siendo negociado, sin darnos cuenta, lo vamos postergando y se anestesia.

Llega un momento en el que nos preguntamos ¿En qué momento dejó de emocionarnos lo que hacemos?

Todo esto no es para inspirar a otros. Eso viene después, si viene.

Primero, lo primero y lo primero es tener el coraje de ser coherente.

A decir, esto sí, esto no. A sostenerlo cuando incomoda. A volver a involucrarse de verdad, aunque implique exponerse.

Elegir estar presente no es romántico, es exigente y quizás ahí —en ese pequeño ajuste mental— radique la diferencia entre cumplir y comprometerse, entre funcionar y vivir, entre repetir y crear algo que valga la pena.

Elijo recuperar todo lo que una vez fue emocionante de este trabajo. Me pregunto si esta podría ser la mejor idea que he tenido nunca. Espero que lo entiendas.

Elegir recuperar lo que alguna vez fue emocionante no es nostalgia ni volver atrás. Es recordar por qué empezamos antes de desconectarnos. Porque casi todo lo que hacemos hoy, por inercia, alguna vez tuvo pulso, riesgo, ilusión y sentido. Pero después… después aprendimos a hacerlo bien, a hacerlo rápido y eso —aunque sea eficiente— nos va apagando.

Para darte cuenta, alcanza con esa sensación rara de estar cumpliendo sin estar. Eso es el sonambulismo del que no se habla, o se habla pero no se acciona. Días prolijos + Decisiones razonables + Vínculos funcionales. Todo en su lugar.

Tomar control no es dominarlo todo, es volver a hacerse cargo. Decir: esta es mi vida, no hay mañana, es ahora, no cuando sea más fácil. Nadie se arrepiente de ser valiente. Seamos valientes y avancemos, aún con dudas, con miedo, cometamos errores hacia adelante. No es un acto heróico, es “simplemente” ser conscientes.

Porque una vida sin causa no es prudente, es tibia.

La tibieza, no duele de golpe, pero con el tiempo erosiona. Tal vez no sepamos todavía por qué viviríamos o moriríamos.

Pero sí podemos empezar por algo más simple: no seguir dormidos. Y con eso —por ahora— alcanza.

El texto de Jerry, termina de la siguiente manera…

Empecemos una revolución. Empecemos una revolución que no sea solo sobre zapatillas de baloncesto o merchandising oficial con licencia. Estoy dispuesto a morir por algo. Estoy dispuesto a vivir por nuestra causa. La causa es preocuparse unos por otros. El secreto de este trabajo son las relaciones personales.

No estoy pensando en una revolución ruidosa ni levantar nuevas banderas. Las revoluciones más profundas casi nunca se notan desde afuera.

La verdadera revolución hoy no es tecnológica, ni profesional, ni siquiera ideológica. Es relacional.

Cuando el foco se corre de las relaciones, todo se vuelve intercambiable y cuando todo da lo mismo, nada importa.

Tal vez no sepamos todavía por qué estamos dispuestos a morir, pero sí podemos empezar por algo más urgente: decidir por qué vale la pena vivir

Y quizás —solo quizás— esa sea la revolución.

e.