Me llevó 10 años tomar una decisión de un día para el otro

Me llevó 10 años tomar una decisión de un día para el otro

Hay decisiones que, vistas desde afuera, parecen repentinas. Como si un día alguien se despertara distinto y listo.

La verdad es que casi nunca funcionan así. Lo que se ve es el último movimiento. Lo que no se ve es todo lo que pasó antes.

Este texto no empieza hoy. Empieza bastante antes.


Diez años atrás: cuando todavía no sabía nombrarlo

En 2016 yo no estaba buscando cambiar de vida. Ni de profesión. Ni de identidad.

Tenía trabajo. Tenía mi empresa. Tenía responsabilidades. Desde afuera, todo parecía avanzar. Y, en muchos sentidos, avanzaba. No había una crisis clara que señalar. No había un derrumbe. Lo que había era otra cosa. Mucho más difícil de explicar.

Una sensación persistente de cansancio que no se resolvía durmiendo más horas. Una exigencia constante que ya no empujaba, sino que apretaba. Una forma de funcionar que empezaba a sentirse automática.

En ese momento no lo llamaba malestar. Mucho menos quiebre. Era solo “parte del juego”. Hacía lo que sabía hacer: resolver, decidir, avanzar, controlar, sostener.

NO AFLOJAR.

Había aprendido a funcionar así durante años. Y me había dado resultados. Resultados visibles. Medibles. Defendibles. Resultados que, se suponía, tenían que alcanzar.

Pero algo no cerraba. No era tristeza. No era enojo. Era una incomodidad constante, de bajo volumen. Un ruido de fondo. Seguía cumpliendo, decidiendo y funcionando. Pero cada vez con menos presencia. Era una desconexión silenciosa. Difícil de detectar cuando todo alrededor sigue en movimiento.

Había aprendido que aflojar era perder. Que dudar era debilidad. Que mostrarse era un riesgo. Y sin darme cuenta, había convertido todo eso en identidad.

El problema de ese tipo de funcionamiento es que no falla de golpe. Te desgasta. Y cuando te acostumbrás, empezás a confundir sobrevivir con vivir.


El primer quiebre

Conocer el coaching en 2016 no fue una revelación. Fue una herramienta. Un lenguaje. Un espejo incómodo. Al principio lo usé para mí. Para entenderme mejor. Para ordenar lo que me pasaba. Para animarme a mirar lugares internos que nunca había transitado.

Durante años ese camino fue hacia adentro. Procesos, formaciones, lecturas y conversaciones difíciles. Mucho trabajo silencioso. Siempre pensé que ese aprendizaje era personal. Un viaje propio, para conocerme más.

Pero con el tiempo empezó a pasar algo distinto. Apareció una incomodidad nueva. Empezó a resultarme raro guardarme todo eso. No por altruismo, ni por salvar a nadie. Sino porque ya no era coherente. No compartirlo era otra forma de esconderme.

Con el tiempo, esa incomodidad fue creciendo y dejó de ser solo interna. Empezó a aparecer en las preguntas que me hacía. En lo que me entusiasmaba y en lo que ya no.

Lo que me estaba pidiendo espacio era otra cosa. Algo más incómodo. Menos previsible. Mucho más expuesto.

Tal vez no estés pensando en cambiar de trabajo. Ni en abrir nada nuevo. Ni en “dar un giro”. Tal vez estés funcionando. Cumpliendo. Sosteniendo. Tal vez todo esté más o menos en orden. Y justamente por eso, cueste tanto mirarlo.

Pero vale la pena hacerse algunas preguntas:

¿Hace cuánto que no te entusiasma de verdad lo que hacés?

¿Qué parte de tu vida estás sosteniendo solo porque “siempre fue así”?

¿Cuánto de lo que seguís haciendo es comodidad… y cuánto es coherencia?

No son preguntas para responder ahora. Son preguntas para no seguir esquivándolo.


La decisión de un día para el otro

Después de casi diez años, la decisión se tomó en un día. No fue un día especial. No hubo fuegos artificiales ni certezas absolutas. La decisión fue clara pero no fue para nada fácil.

No resolvió nada de inmediato pero marcó un límite, un punto de no retorno.

Decidí darle forma a un espacio propio. Hoy lo llamo emilianocoach. No fue un salto al vacío. Fue asumir algo que ya venía pasando.

Elegí ponerle músculo (tiempo, cabeza y presencia).

Decidir no ordena la vida, no elimina el miedo y no borra la incertidumbre. Lo que hace es cambiar la postura.

Después de ese día no todo fue mejor pero sí fue distinto. Más incómodo a veces. Más honesto casi siempre.

Luego de decidir, empezó otro tipo de trabajo. Menos visible. Mucho más profundo. Un trabajo que no se apura. Que no se puede delegar y que no se resuelve con voluntad solamente.

Seguir igual hubiera sido más seguro. También más cómodo. Pero ya no era coherente. Y cuando la coherencia empieza a pesar más que la comodidad, la decisión deja de ser una opción. Se vuelve inevitable.

Esto no nace de la claridad. Nace del cansancio de esquivar. Y de la decisión —tardía, pero real— que se toma en un día, pero se gesta durante años.

Si estás en ese antes, no estás llegando tarde. Estás, quizás, en pleno proceso.

A veces no falta coraje para decidir. Falta honestidad para admitir que ya decidimos… y seguimos postergándolo.

Nadie te está apurando. No hay un reloj corriendo. Pero tampoco es gratis seguir igual. Cada día que postergás lo que ya sabés, no pasa en neutro. Pasa en contra. No porque estés fallando. Sino porque hay algo en vos que ya pidió lugar y sigue esperando. Y esperar demasiado también cansa.

Decidir es importante. Pero no alcanza.

A veces lo más difícil no es elegir distinto, sino dejar de hacer las cosas solo porque siempre se hicieron así.

Saludos. e.